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Chicago, años 90. No hay ningún tipo de crimen en la ciudad y todo está tranquilísimo. Los policías tienen la hoja de servicio inmaculada y los criminales hace décadas que enterraron el hacha de guerra. Nada indica que pueda salir una película interesante de todo esto, pero aún así nos empeñamos en hacerla. Al final, después de invertir todo nuestro dinero en ella, la distribuidora se equivoca y en lugar de enviarla al Teatro Chino de Hollywood Boulevard para su fulgurante estreno, la manda a Checoslovaquia donde la cortan a rodajitas y la venden como postre típico servida con nata y vainilla. Una auténtica delicatessen de película.