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El protagonista es un bonachón, tanto, tanto, tanto, que en ningún momento nos imaginamos que en realidad se trata de un espía nazi en la Francia ocupada. Eso lo mezclamos además con la historia de un boxeador que siempre que pelea en miércoles, pierde. Y con una tercera historia en la que un guionista de cine es increpado por sus colegas de profesión al haber aceptado escribir un biopic amable sobre Magic Alex. No hay conexión alguna entre las tres historias, pero la película se sostiene a las mil maravillas.