#923


Un cyborg reclama su derecho a ser completamente una máquina. No quiere tener absolutamente nada que ver con una raza que come palomitas en los cines y escucha discos enteros de Shakira. Al revés que en la novela corta de Isaac Asimov, Robin Williams lucha porque le conviertan en una tostadora o en un microondas o en una televisión de plasma, lo que sea menos ser un hombre maduro de cincuenta y cinco años, divorciado, con dos hijos, en el paro y con un brazo cibernético capaz de aplastar nueces con sólo tocarlas.