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Dios existe y tiene una oficina en el centro de Manhattan. Hasta ella puede acercarse cualquiera para pedirle algo o preguntarle por qué le están yendo tan mal las cosas. Dios les responde y les explica qué tienen que hacer para cambiar su destino, y no es rezar, les obliga a realizar acciones. Algunos tienen que matar a gente mala; otros tienen que ganar más dinero; otros deberán abandonar sus familias y huir con sus amantes. “¿Quieres la felicidad? Esto es lo que tienes que hacer”. Dios se revela en nuestra película como un auténtico hijo de puta al que hay que tenerle miedo, mucho miedo, porque es real y lleva traje.